
Pasó un miércoles, debían de ser las 11 de la mañana. Siempre recordaré ése momento. Y a Ángel. Fué como mi hermano mayor durante el tiempo que estuve con él en las milicias. Justo el día anterior había llegado al campamento Robert Capa, un fotógrafo húngaro que estaba haciendo un reportaje sobre la guerra Civil Española. Estuvo toda la tarde heciéndonos fotos. Nos dijo que quería captarnos tal y como éramos, que quería que el resto del mundo supiera lo que estaba pasando en España fotografiando la realidad de las milicias republicanas. Su entusiasmo nos conatgió y al día siguiente, le propusimos que nos acompañara al frente a hacer la patrulla. Fué uno de esos días en los que no sabes porqué, pero tienes la extraña sensación de que algo va a suceder.
Y así fué. Mientras estábamos andando, Capa se detuvo un momento en una de las colinas desde donde se divisaba parte del territorio ocupado por los nacionales.
Me miró y me dijo si podía posar con mi arma mirando hacia el horizonte. La verdad es que era una foto muy bonita. Pero entonces pasó. Se empezaron a escuchar disparos que venían de lejos. Y yo, instintivamente, me puse a correr. Justo en ése momento Àngel, que estaba viendo como Capa me hacía la foto, también se puso a correr. El único que se quedó donde estaba fue Capa, que captó justo el instante en el que Ángel pasaba por el lugar donde yo, segundos antes, había estado posando. Luego cogió la cámara y se puso a correr como todos.
Ya en el campamento, Capa dijo que creía haber fotografiado a Ángel siendo disparado, pero que no estaba muy seguro. Al cabo de pocos días se marchó a otro lugar del frente y siguió con su reportaje.
Años más tarde, por casualidad, vi las fotos del reportaje de Capa en un diario y entonces vi la foto, y vi a Ángel ahí, donde debería haber estado yo.
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